Hay maravillas en la vida que nos recuerdan de forma inmediata la sabiduría perfecta del Creador. Una de las más profundas es el cuerpo de la mujer: una obra maestra diseñada no solo para dar vida, sino para sostenerla, nutrirla y protegerla.
La capacidad de alimentar, de transformar el propio ser en sustento y consuelo para un hijo, es un testimonio vivo del amor y la provisión divina en lo cotidiano.
La Escritura reconoce esta santidad y perfección:
«Te alabo, porque soy una creación admirable. ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien!» — Salmo 139, 14
«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron.» — Lucas 11, 27
Hoy dedicamos esta reflexión a honrar la grandeza, la fuerza y la belleza de la maternidad. A cada mujer que nutre, abraza y cuida con entrega: que nunca olvides la dignidad y la bendición que resides en tu propia naturaleza.
Dios sigue manifestando su ternura en el mundo a través de ti.
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